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Comprar una casa se ha convertido en una meta cada vez más complicada para una parte de las nuevas generaciones.
El arquitecto Alejandro Loera Aguilar considera que México necesita replantear su modelo de vivienda y diseñar ciudades que respondan a la realidad económica de quienes hoy intentan construir un patrimonio.
Estudiar, conseguir un empleo, ahorrar y eventualmente comprar una casa. Durante décadas esa fue una de las rutas tradicionales hacia la construcción de un patrimonio.
Para muchos jóvenes mexicanos, seguir esos pasos ya no garantiza llegar al mismo resultado.
El arquitecto Alejandro Loera Aguilar advierte que existe una creciente distancia entre las aspiraciones de las nuevas generaciones y el tipo de vivienda que pueden pagar.
“Tenemos jóvenes preparados, profesionistas y personas que trabajan todos los días, pero cuando revisan cuánto cuesta una vivienda descubren que sus ingresos simplemente no avanzan al mismo ritmo. No podemos ignorar esa realidad”.
Desde su perspectiva, el problema debería preocupar no solamente al sector inmobiliario, sino también a quienes participan en la planeación y construcción de las ciudades.
Trabajar ya no garantiza poder comprar una casa
El costo de construir se ha incrementado y factores como el precio del suelo, los materiales, la ubicación y los servicios terminan reflejándose en el valor final de una propiedad.
El resultado puede observarse en las decisiones que enfrentan quienes buscan comprar su primera vivienda.
Reducir metros cuadrados, alejarse de las zonas centrales, asumir financiamientos de largo plazo o simplemente posponer indefinidamente la compra se han convertido en alternativas para una parte de la población joven.
“El problema comienza cuando dejamos de preguntarnos qué vivienda necesita una persona y empezamos únicamente a preguntarnos qué vivienda alcanza a pagar. Son dos preguntas completamente diferentes”.
Para Loera Aguilar, esta diferencia debería formar parte de la discusión sobre el futuro de la arquitectura habitacional mexicana.
Más lejos, más pequeño y durante más años
Una de las respuestas al incremento de precios ha sido desarrollar vivienda en zonas periféricas, donde el suelo puede resultar más económico.
Pero pagar menos por una propiedad no necesariamente significa gastar menos para vivir.
“Puedes conseguir una vivienda más barata alejándote de la ciudad, pero quizá termines pagando esa diferencia durante años en gasolina, transporte y horas de traslado. El costo de una casa no termina cuando firmas una escritura”.
Ese modelo también genera consecuencias urbanas.
Cuando la vivienda se aleja de los centros de trabajo, aumenta la necesidad de desplazamientos y crece la presión sobre vialidades y sistemas de transporte.
Por ello, Loera Aguilar considera que el verdadero costo de una vivienda debe analizarse junto con su ubicación.
“Una casa económica a dos horas del trabajo puede terminar siendo muy cara en términos de calidad de vida. El tiempo también tiene valor y muchas veces lo olvidamos cuando hablamos de vivienda”.
¿Estamos construyendo para los jóvenes de hoy?
El arquitecto también cuestiona si el diseño habitacional ha evolucionado al mismo ritmo que las nuevas formas de vida.
Las familias son diferentes, el trabajo remoto ha modificado el uso de los hogares y cada vez existen más personas que viven solas o en hogares pequeños.
Sin embargo, buena parte de la vivienda continúa respondiendo a esquemas tradicionales.
“No podemos diseñar el futuro utilizando únicamente las fórmulas del pasado. Los jóvenes viven distinto, trabajan distinto y tienen prioridades diferentes. La vivienda también tiene que evolucionar”.
Esto podría significar desarrollar espacios más flexibles, proyectos con áreas compartidas, mejores conexiones con transporte y modelos que permitan aprovechar de manera más eficiente cada metro cuadrado.
El peligro de normalizar una vivienda inalcanzable
Para Alejandro Loera Aguilar, uno de los mayores riesgos sería aceptar como normal que las nuevas generaciones simplemente no puedan comprar una propiedad.
“Decirles a los jóvenes que ‘así está el mercado’ no puede ser nuestra única respuesta. Si una generación completa empieza a considerar imposible tener vivienda propia, entonces tenemos que preguntarnos qué estamos haciendo mal”.
La solución, reconoce, no depende exclusivamente de los arquitectos.
El acceso a financiamiento, los salarios, el precio del suelo, las regulaciones y la planeación urbana forman parte de un problema mucho más amplio.
Pero la arquitectura sí puede contribuir mediante mejores diseños y soluciones capaces de aprovechar recursos y espacios sin sacrificar habitabilidad.
“El reto es reducir costos sin reducir calidad de vida. Hacer una casa más pequeña es sencillo; hacer una vivienda más eficiente, funcional y accesible requiere mucho más trabajo”.
Una deuda con las nuevas generaciones
Para Loera Aguilar, el debate sobre vivienda debería comenzar a mirar menos hacia las cifras de construcción y más hacia las personas que finalmente habitarán esos espacios.
Porque construir miles de casas tiene poco sentido si quienes las necesitan no pueden adquirirlas.
“Podemos presumir que construimos más, pero la verdadera pregunta debería ser cuántas personas pueden acceder a lo que estamos construyendo. Ahí es donde realmente se mide si estamos resolviendo el problema”.
El arquitecto considera que México todavía puede transformar su modelo habitacional, pero hacerlo requerirá coordinación entre gobierno, desarrolladores, instituciones financieras, constructores, urbanistas y arquitectos.
Mientras tanto, para miles de jóvenes la pregunta continúa siendo mucho más sencilla:
¿Cuántos años tendrán que trabajar para poder comprar una casa?
Para Alejandro Loera Aguilar, encontrar una respuesta a esa pregunta será uno de los grandes desafíos de la arquitectura y el desarrollo urbano en México durante los próximos años.
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